El mundo de ayer ya no volverá.
La pandemia no solo se ha cobrado vidas y riqueza, sino que también ha traído consigo cambios profundos, desde el entorno hasta la psique, desde lo macro hasta los detalles más sutiles.

Muchas personas ya han sentido en carne propia las pérdidas económicas. Aunque aún hay debate, numerosos expertos consideran que esto desembocará en una crisis económica.
Ni siquiera el plan de rescate sin precedentes lanzado ayer por la Reserva Federal de EE.UU. —un programa de flexibilización cuantitativa ilimitada— logró frenar de inmediato el pánico en los mercados.
Sin embargo, lo más preocupante no es la economía, sino la creciente desconfianza entre países y las dudas sobre la globalización.
Esta tendencia ya era palpable en los últimos años: el aislacionismo, el populismo y el nacionalismo convergían, generando conflictos comerciales constantes. Además, los objetivos de reducción de emisiones de carbono exigían que muchas empresas disminuyeran su dependencia de cadenas de suministro transcontinentales. No obstante, impulsadas por la búsqueda de beneficios, estas dinámicas habían estado en un vaivén constante. La pandemia aceleró este proceso de forma inesperada.
Por ejemplo, llevábamos años debatiendo sobre relocalizar fábricas en los países de origen. Sin embargo, esta vez ni siquiera se pudo garantizar el suministro de mascarillas, un hecho que llegó a provocar burlas internacionales por la escasez de este producto básico. Evidentemente, esta situación no puede ni debe prolongarse indefinidamente.
Está claro que la política y el comercio no son un juego de niños, aunque a veces lo parezcan.
La prosperidad de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI se debió, en gran medida, a la división internacional del trabajo y a la asignación global de recursos. China fue, precisamente, un actor clave en este proceso, tanto como constructora como beneficiaria.
En este contexto, quienes defienden la globalización no pueden evitar sentirse desalentados: la pandemia terminará, los aviones volverán a despegar y los cruceros navegarán de nuevo, pero las manos que se han separado no volverán a unirse con facilidad.

Robin Niblett, director del prestigioso think tank británico Chatham House, lo afirmó sin rodeos: «La globalización tal como la conocemos está llegando a su fin».
Tras la pandemia, «si no existe una motivación suficiente para proteger los beneficios comunes derivados de la integración económica global, la estructura de gobernanza económica mundial establecida en el siglo XX se contraerá rápidamente. Los líderes necesitan una disciplina extraordinaria para mantener la cooperación internacional, en lugar de retirarse hacia una competencia geopolítica abierta», afirmó Robin.
Y si la respuesta a la pandemia resulta insuficiente, será difícil para los líderes resistir la tentación de culpar a otros por dicho fracaso.
Este tipo de acontecimientos ya son una constante en nuestro panorama.

Varios expertos del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos coinciden en su visión sobre la globalización.
Shannon K. O'Neil, vicepresidenta del consejo, sostiene que el virus SARS-CoV-2 está socavando los cimientos de la manufactura global. Muchas empresas optarán por reducir su escala y diversificar sus cadenas de suministro en distintos países. En sectores estratégicos, los gobiernos también intervendrán para crear planes nacionales de respaldo y reservas. En resumen, se sacrificará parte de la rentabilidad a cambio de una mayor estabilidad en el suministro.
La investigadora principal Laurie Garrett opina algo similar: «La globalización permite a las empresas producir en cualquier parte del mundo y llevar sus productos al mercado justo a tiempo, evitando así los costes de almacenamiento. Cualquier inventario que permanezca inactivo más de unos días se considera un fallo del mercado. Sin embargo, el SARS-CoV-2 demuestra que los patógenos no solo infectan a las personas, sino que también pueden ‘envenenar’ todo el sistema *justo a tiempo*».
«Bajo esta influencia, el capitalismo global entrará en una nueva etapa dramática: las cadenas de suministro se acercarán a casa. Esto podría reducir los beneficios empresariales a corto plazo, pero hará que todo el sistema sea más resiliente».
Por su parte, Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, afirma que «la crisis del coronavirus hará que, durante varios años al menos, la mayoría de los gobiernos se replieguen sobre sí mismos, centrándose solo en lo que ocurre dentro de sus fronteras. Dada la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, preveo un avance hacia una autosuficiencia selectiva (y, por tanto, una desvinculación). Se intensificará la oposición a la migración masiva. Y, ante la necesidad de destinar recursos a la reconstrucción nacional y a paliar las consecuencias económicas de la crisis, los países reducirán su voluntad o compromiso para abordar problemas regionales o globales, incluido el cambio climático».
John Allen, presidente del Instituto Brookings y ex general de cuatro estrellas del Cuerpo de Marines de EE.UU., fue más directo: «este cambio supone un riesgo especialmente alto para los países en desarrollo y para aquellos con un alto porcentaje de trabajadores pobres».

Aunque durante la pandemia la comunidad internacional ha reforzado su cooperación, y los expertos saben que solo colaborando se logra un beneficio mutuo, la presión de gestionar la crisis y la lógica política inherente siguen erosionando progresivamente los cimientos de esa confianza y cooperación.
Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, señaló que «esta crisis podría agravar el deterioro de las relaciones entre China y Estados Unidos, así como debilitar aún más la integración europea».
Para los políticos, agitar el fantasma del racismo y el nacionalismo sirve para desviar las contradicciones internas y encubrir sus propias deficiencias. Para los ciudadanos, tanto la decadencia relativa como la sensación de privación absoluta facilitan la búsqueda de un enemigo externo en quien descargar la frustración; además, el miedo generado por la pandemia es un caldo de cultivo ideal para las teorías conspirativas y el pensamiento irracional, lo que lleva a cada bando a enrocarse en sus propias creencias y a atacarse mutuamente sin cesar.
La Unión Europea acusa públicamente a Rusia de difundir información falsa sobre la pandemia, mientras lidia internamente con las presiones de que sus Estados miembros prioricen la autoprotección nacional y luchen individualmente contra la crisis. Si países gravemente afectados como Italia y España no reciben suficiente apoyo desde Bruselas, también se pondrá en duda la legitimidad de la UE.

Esta división también se hace patente entre Estados Unidos y Europa.
«Con el presidente Trump, Estados Unidos ha adoptado una nueva forma de egoísmo», afirma Jan Techau, investigador principal del German Marshall Fund en Berlín. Según él, el nacionalismo descarado de Trump y su lema «America First», que primero culpó del virus a China y luego a Europa, «suponen que Estados Unidos ya no sirve a los intereses de este planeta».
Un artículo del New York Times también señala que, mientras en la crisis económica de 2008 y en la del ébola de 2014 Estados Unidos asumió el papel de coordinador global, durante la crisis del COVID-19 ha abandonado ese liderazgo.

Ante tantas críticas, ¿ha mermado la popularidad de Trump?
Una encuesta reciente de ABC News e Ipsos revela que el 55 % de los estadounidenses aprueba la gestión de la crisis por parte de Trump, frente a un 43 % que la desaprueba. El apoyo a Trump aumentó 12 puntos porcentuales respecto a la semana anterior, lo que supone un cambio de tendencia.
Un fenómeno similar se observa con el primer ministro británico Boris Johnson, cuya aprobación pasó del 41 % al 46 %.
La mentalidad pública queda así claramente retratada.
La académica Michele Gelfand clasifica a los países en dos categorías: los «estrictos», que dan más valor a las normas y cuyos ciudadanos están acostumbrados a la regulación, y los «flexibles», que priorizan la libertad y tienen un ambiente más relajado.
La pandemia ha demostrado que «la disciplina y el orden salvan vidas». Gelfand considera que, a raíz del impacto del COVID-19, la política estadounidense evolucionará hacia una cultura más restrictiva.
Para Stephen M. Walt, profesor de Harvard, diversos gobiernos han adoptado medidas de emergencia para afrontar la crisis, y no renunciarán a estos nuevos poderes una vez que esta termine.
Sostiene que «el mundo anterior no dio paso a una nueva era de cooperación global tras las epidemias, y esta vez tampoco lo hará». A medida que los ciudadanos demanden protección estatal y las empresas intenten reducir su vulnerabilidad futura, «asistiremos a un mayor repliegue de la globalización».
«En resumen, el COVID-19 dará lugar a un mundo menos abierto, menos próspero y menos libre».
Shivshankar Menon, académico indio y exasesor de seguridad nacional del primer ministro Manmohan Singh, coincide en que todos los actores políticos miran hacia dentro, buscando recuperar el control sobre su propio destino. «Nos encaminamos hacia un mundo más pobre, más mezquino y más pequeño (a poorer, meaner, and smaller world)».
Recogemos estas opiniones porque, al provenir de perfiles institucionales y personales diversos, ofrecen una perspectiva más completa. Todos parecen compartir una visión pesimista sobre el futuro de la globalización, o al menos anticipan ajustes muy profundos.
Esta pérdida de confianza y cooperación ya se deja ver en múltiples frentes: numerosas fábricas en Guangdong, Jiangsu y Zhejiang reportan una caída en los pedidos, lo que las ha llevado a reducir personal; al mismo tiempo, se ha intensificado la discriminación y el rechazo hacia ciudadanos chinos. Ciertamente, dentro del país también se dan fenómenos similares, aunque no representan la tendencia predominante.
Yuval Noah Harari, autor de «Sapiens: De animales a dioses», ha publicado varios artículos en los que muestra su preocupación por la actual falta de cooperación internacional. Según él, esto no solo dificulta enormemente contener la pandemia, sino que además envenenará las relaciones internacionales durante los próximos años.
Este historiador también teme que las medidas adoptadas a toda prisa por los gobiernos dejen tras de sí lagunas y riesgos latentes, como el control de la privacidad ciudadana amparado en la salud pública, o la adopción de un nacionalismo aislacionista en lugar de fomentar la solidaridad global. «Las decisiones que tomen ahora los gobiernos y la ciudadanía podrían moldear profundamente el mundo en los años venideros», advierte.
Sin duda, estas voces pueden considerarse sensatas, pero su puesta en práctica tropieza con obstáculos considerables y un largo camino por delante.
Siguen enfrentándose distintas fuerzas, alternándose escenarios de cooperación y rechazo. Todavía no está claro si el mundo se encaminará hacia una mayor cooperación y empatía, o si se inclinará más bien hacia el aislamiento y la exclusión.
No obstante, hay una verdad incuestionable, que queda bien expresada en el viejo refrán: «Quien siembra vientos, recoge tempestades.»
