Fuente: Junlin
Recientemente, un lector planteó una duda a Junlin:
«El año pasado, durante la caída del mercado bursátil A de China, la mayoría de las acciones que compré se desplomaron a la mitad de su valor, perdiendo sangre y sudor… ¡Ay!»
«¿Pregunta: ¿es realmente factible para una persona común como yo hacerse rica especulando en bolsa?»
Reflexioné largamente y sentí que responder esta pregunta no es tan sencillo como decir unas pocas palabras. Quizás, una historia completa sobre el ascenso de un «influencer bursátil» pueda resultarle iluminadora.
1
Volviendo más de cien años atrás,
A principios del siglo XX, el estado del mercado bursátil estadounidense era muy similar al de China.
La economía florecía, consolidándose como una futura superpotencia mundial; los precios de diversos activos se disparaban; había quienes especulaban con bienes raíces, otros con acciones, y muchos más realizaban actividades especulativas de todo tipo —y todos lograban ganar grandes sumas de dinero.
Esa época fue conocida como la «Edad Dorada».
En aquel entonces, el mercado accionario estaba controlado por oligarcas financieros y operadores clandestinos, caracterizándose por una volatilidad extrema y una total falta de orden.
El oligarca financiero más famoso fue J.P. Morgan.
Él obtuvo su primera fortuna con el comercio de café, fundó luego la firma bancaria J.P. Morgan & Co., y en 1873 derrotó a la familia Rothschild europea al ganar una histórica licitación gubernamental para la emisión de bonos soberanos a gran escala, lo que marcó su ascenso definitivo.
Hacia 1900, el consorcio Morgan llevó a cabo varias transacciones trascendentales: una consistió en fusionar diversas compañías eléctricas —incluida la empresa del inventor Thomas Edison— para crear General Electric; otra reestructuró múltiples empresas siderúrgicas —entre ellas la compañía del magnate del acero Andrew Carnegie— dando lugar a U.S. Steel.
Para 1912, el consorcio Morgan controlaba un tercio de los activos bancarios estadounidenses, dos tercios de los activos aseguradores, dos tercios de los activos ferroviarios y una cuarta parte de los activos industriales del país.
El operador más famoso fue Jay Gould.
Comenzó su carrera como topógrafo de base y posteriormente llegó a ser director general de una importante compañía ferroviaria estadounidense.
Durante su mandato, este individuo sobornó masivamente a legisladores gubernamentales, llevó a cabo fraudes contables para lograr la cotización en bolsa, especuló con conceptos, realizó emisiones accionarias a precios elevados, vendió acciones para obtener ganancias rápidas, generó pánico generalizado y presionó los precios bursátiles para adquirir acciones a bajo costo, acumulando así una inmensa fortuna.
Por ejemplo, el concepto de «Viernes Negro» surgió de una crisis de pánico provocada por Gould.
En aquella época caótica, hubo numerosos oligarcas financieros como Morgan y consorcios como el Rockefeller, además de operadores clandestinos y estafadores del calibre de Gould.
En aquel entonces, las bolsas experimentaban fuertes fluctuaciones: los movimientos de los precios accionarios parecían no guardar relación alguna con el valor real de las empresas.
Por ello, la bolsa se asemejaba a un casino: algunas personas se convertían en millonarios de la noche a la mañana, pero también podían arruinarse igual de rápido, e incluso quedar sumidas en profundas deudas.
Nunca se puede predecir si el precio de una acción subirá o bajará al día siguiente.
Sin embargo, dos jóvenes lo lograron. Pronto alcanzaron gran renombre en los mercados bursátiles y fueron apodados los «gurús bursátiles» de su época.
Estos dos hombres fueron Jesse Livermore (1877–1940) y William D. Gann (1878–1955).
Ambos provenían de familias humildes y, en sus primeros años, consiguieron empleo como corredores en firmas bursátiles, ayudando a sus clientes a operar acciones.
Livermore alcanzó la fama antes: a los 15 años ya había comenzado su carrera y destinó todo su salario al mercado bursátil; en esa época, su sueldo mensual era tan solo de 20 dólares estadounidenses.
No obstante, esto no supuso un obstáculo: gracias a su excepcional talento, mostraba una extraordinaria sensibilidad ante las fluctuaciones numéricas de los precios accionarios. Aprovechando con precisión las tendencias alcistas y utilizando apalancamiento, logró incrementar su capital inicial hasta alcanzar los 10.000 dólares estadounidenses en apenas un año.
Sin embargo, este éxito no fue duradero: durante la siguiente fase bajista, los precios accionarios de Livermore sufrieron una fuerte corrección y su riqueza casi desapareció por completo.
Pero un joven no se resigna fácilmente tras una sola derrota; él consideró que simplemente había tenido mala suerte.
En 1901, los mercados bursátiles estadounidenses entraron nuevamente en una fase alcista y Livermore obtuvo un préstamo de 5.000 dólares estadounidenses para reingresar al mercado, logrando rápidamente ganancias por 50.000 dólares estadounidenses.
Durante los años siguientes, su patrimonio siguió creciendo exponencialmente, alcanzando los 5 millones de dólares estadounidenses cuando tenía 31 años.
Los 5 millones de dólares de aquella época equivalen aproximadamente al estatus de multimillonario en la actualidad.
Según los periódicos sensacionalistas de la época, tras acumular riqueza, Livermore llevaba una vida extremadamente lujosa: adquirió una villa en Manhattan, compró un yate, frecuentaba los clubes más exclusivos de Nueva York y mantenía innumerables amantes.
Su ídolo era J.P. Morgan.
Sin embargo, al parecer no logró heredar la suerte de Morgan.
Unos años después, volvió a quedar en bancarrota.
Esta nueva derrota le causó profundo dolor y le hizo cuestionar su propia existencia. Mientras tanto, surgió una nueva estrella en el panorama financiero.
Esa persona era precisamente William D. Gann.
Gann era un año menor que Livermore, pero entró en el mercado bursátil diez años después que él.
Su fama llegó aún más tarde: no fue hasta 1908, cuando Gann cumplió 30 años, que comenzó a destacar modestamente en Wall Street.
A diferencia de Livermore, quien sobresalía en la operativa, poseía una sensibilidad excepcional para detectar las tendencias del mercado y adoptaba un estilo audaz y arriesgado, Gann se especializaba en la investigación y es considerado el fundador de la teoría técnica del análisis bursátil.
Él sostenía que los precios accionarios no evolucionan de forma caótica, sino que son predecibles.
Cada acción posee una tasa de volatilidad única que determina sus movimientos alcistas o bajistas. Mediante el análisis de sus trayectorias históricas, combinado con herramientas matemáticas y geométricas, Gann desarrolló toda una serie de teorías de análisis técnico.
Por ejemplo, la Ley de Volatilidad, las Líneas Angulares de Gann, el Cuadrado de Gann, el Hexágono de Gann, entre otras.
Dado que entonces imperaba una fuerte tendencia alcista, los inversores aplicaban sus teorías técnicas para guiar sus decisiones de compra y venta de acciones, logrando —según los rumores— una tasa de acierto extraordinariamente alta. Pronto, la opinión pública se entusiasmó enormemente.
Así describían los medios de comunicación a Gann en aquella época:
¡Era increíblemente brillante! Se decía que alguien lo había visto transformar 130 dólares en 12.000 dólares, y que su tasa de éxito en las operaciones superaba el 90 %. ¡Tal metodología legendaria para operar en bolsa era sin precedentes en los mercados financieros!
Impulsado por la cobertura mediática, Gann publicó libro tras libro, como por ejemplo *La verdad sobre las cotizaciones bursátiles*, *El selector bursátil de Wall Street*, *La filosofía de inversión de Gann*, *Cuarenta y cinco años en Wall Street*…
Durante su vida, Gann publicó decenas de libros, cada uno de los cuales vendió más de 100.000 ejemplares.
Como una nueva figura icónica en la bolsa de valores, atrajo a innumerables admiradores que acudieron a visitarlo, entre ellos Jesse Livermore.
Ambos se reunieron en varias ocasiones y se admiraban mutuamente por sus logros y su fama, pero al final no pudieron colaborar debido a diferencias fundamentales en sus enfoques.
¿En qué radicaban esas diferencias?
Gann era un teórico por naturaleza. Dos principios clave de su teoría eran los siguientes:
Primero, el mercado bursátil sigue ciclos y tendencias generales, por lo que solo debe operarse «con la corriente», nunca en contra de ella.
Dentro de la tendencia general existen tendencias menores; identificando las probabilidades inherentes a los patrones históricos de subidas y bajadas de los precios, y aprovechándolas progresivamente, es posible acumular ganancias pequeñas hasta convertirlas en grandes beneficios.
Segundo, para obtener beneficios sostenidos en el mercado bursátil, es indispensable aprender a realizar «stop-loss» (cortes de pérdidas).
Es necesario establecer con extremo cuidado un nivel máximo de pérdida tolerable; una vez superado, hay que retirarse inmediatamente sin dudar ni aferrarse a la posición.
Solo preservando el capital inicial se podrá recuperarse y volver a intentarlo.
Gann consideraba que Livermore era demasiado codicioso: únicamente buscaba cómo obtener grandes ganancias, apalancándose agresivamente, lo que lo hacía muy propenso a sufrir graves reveses.
Sin embargo, Livermore provenía de la práctica operativa directa y no tenía ningún interés en teorías como la compra y venta frecuente dentro de la volatilidad del mercado o la acumulación gradual de pequeñas ganancias.
Él creía que las grandes ganancias no pueden obtenerse mediante fluctuaciones cortas del precio, sino únicamente mediante movimientos amplios. En otras palabras, no basta observar simples oscilaciones puntuales: es indispensable identificar tanto la tendencia general de una acción específica como la dirección general del mercado.
Concentrar todos los esfuerzos en una única operación decisiva.
Esto significa que, aunque Livermore también era un especulador, jamás perseguía operaciones de corto plazo con entradas y salidas rápidas. Consideraba que cuanto más frecuentes fueran las operaciones, mayor sería la probabilidad de errores y fracasos.
Solo identificando oportunidades clave, mejorando la precisión de las decisiones y luego apostando fuertemente mediante apalancamiento, es posible obtener grandes ganancias.
Y esa capacidad para identificar con precisión las tendencias generales depende principalmente de una percepción aguda e intuitiva del «clima» del mercado.
En cuanto a cálculos probabilísticos o figuras geométricas, él los consideraba meras artimañas engañosas, totalmente inexactas.
En otras palabras, aunque ambos eran especuladores famosos por seguir las tendencias, sus estilos especulativos eran completamente distintos:
Uno adoptaba un enfoque conservador, buscando acumular ganancias pequeñas pero constantes, vendiendo caro y comprando barato durante las fluctuaciones de corto plazo, y aprovechando la probabilidad matemática para hacer crecer su capital como una bola de nieve;
El otro adoptaba un enfoque agresivo, buscando el éxito definitivo en una sola operación, amplificando el apalancamiento durante las fluctuaciones de largo plazo y confiando en su talento y experiencia para obtener beneficios.
Sin embargo, independientemente de cuán grandes fueran sus diferencias conceptuales, ambos se convirtieron en ganadores en la gran alza bursátil de la década de 1920, acumulando enormes fortunas y siendo desde entonces elevados al estatus de ídolos.
2
Los libros de Gann se volvieron cada vez más populares, y sus cursos presenciales de formación llegaron a costar 5.000 dólares estadounidenses.
Los 5.000 dólares de aquella época equivalen aproximadamente a 500.000 yuanes chinos actuales, lo que demuestra claramente su extraordinaria popularidad.
Livermore consiguió préstamos de terceros y logró su tercera recuperación, incrementando así su patrimonio hasta alcanzar varios millones de dólares, lo que le permitió ingresar en la lista de los 500 hombres más ricos del país.
En 1923, un escritor entrevistó a Livermore y, basándose en su vida extraordinaria —caracterizada por tres caídas y tres resurgimientos—, publicó el bestseller mundial «Reminiscencias de un operador de bolsa».
Este libro aseguró a Livermore, al igual que a Gann, un lugar permanente en la historia.
En 1929, el mercado bursátil entró en una fase de euforia: el dinero fluía desde todos los rincones hacia Wall Street, y los ciudadanos invertían sus salarios y fondos de jubilación enteros en acciones; incluso los vendedores ambulantes y las amas de casa discutían sobre el mercado bursátil en las calles.
Livermore percibió que la crisis se acercaba cada vez más, y, dada su extrema sensibilidad ante las tendencias de largo plazo, decidió tomar posiciones cortas.
Examinó cuidadosamente diversos periódicos financieros, buscando señales de desaceleración económica, sobreproducción o cambios en la política monetaria que respaldaran su decisión.
Él confiaba en que, tras diez años de prosperidad, el mercado bursátil inevitablemente experimentaría una reversión; solo necesitaba identificar la chispa que desencadenaría dicho cambio. Si acertaba con esta apuesta, su riqueza sería inmensa.
En septiembre de 1929 apareció la primera señal.
En el Reino Unido estalló un importante caso de fraude financiero; para estabilizar el mercado, el Banco de Inglaterra planeaba elevar sus tasas de interés, y era muy probable que la Reserva Federal de Estados Unidos siguiera su ejemplo.
El aumento de las tasas de interés bancarias inevitablemente ralentiza la producción industrial y reduce el capital disponible en los mercados bursátiles, lo que podría provocar la ruptura de la burbuja especulativa en los mercados de inversión.
Livermore aprovechó esta oportunidad y apostó todo su patrimonio neto a una posición corta.
En efecto, en tan solo uno o dos meses, los mercados bursátiles estadounidenses sufrieron una crisis financiera catastrófica sin precedentes, y numerosos operadores se declararon en quiebra de la noche a la mañana.
Sin embargo, Livermore obtuvo una ganancia de 100 millones de dólares en esta operación, alcanzando así el estatus de multimillonario de élite.
La crisis financiera de 1929 constituyó uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX. No solo transformó el panorama económico global, sino que también desencadenó la Segunda Guerra Mundial, provocó el colapso del Imperio Británico y el declive de Europa, generó inestabilidad política en regiones subdesarrolladas y condujo a un giro generalizado hacia posiciones políticas izquierdistas, además de redefinir toda la historia moderna de las finanzas.
En primer lugar, a nivel de políticas públicas, los gobiernos de diversos países comenzaron a intensificar su supervisión sobre la economía de mercado libre, adoptando medidas contracíclicas, impulsando masivamente inversiones en infraestructura, compitiendo mediante aranceles y comercio exterior, y promoviendo la modernización industrial.
En 1934, se creó la Comisión de Valores de Estados Unidos (SEC), exigiéndose a todas las empresas cotizadas la publicación de estados financieros completos y fiables, y aplicándose sanciones severas contra el fraude bursátil y las prácticas de manipulación del mercado.
Ese mismo año, el «rey de la especulación», Livermore, volvió a declararse en quiebra durante otra convulsión bursátil; pocos años después, en estado de abandono, decidió poner fin a su vida con un disparo.
Su nota de despedida rezaba: «Mi vida ha sido un fracaso».
Con la depresión bursátil, los métodos de inversión de Gann perdieron eficacia y sus libros fueron perdiendo progresivamente ventas.
Gann falleció en 1955 a la edad de 78 años, dejando un patrimonio de apenas más de diez millones de dólares, equivalente al de una familia estadounidense de clase media.
Así concluyó una era.
Desde entonces, los especuladores técnicos centrados en las tendencias dejaron de ocupar el centro del escenario de la inversión, sin que surgiera jamás ningún personaje excepcional en este ámbito.
Durante la gran caída bursátil de 1929, algunos inversores que sufrieron pérdidas devastadoras realizaron una profunda reflexión y experimentaron una verdadera iluminación.
Abandonaron la obsesión tradicional de los analistas técnicos por los patrones de ondas y se orientaron hacia el estudio del valor intrínseco de las empresas cotizadas, abriendo así una vía científica para la inversión.
Si la teoría técnica de Gann equivalía a la astrología de la era primitiva, las maniobras estratégicas de Livermore podrían compararse con los ejércitos del Imperio mongol.
A continuación, uno tras otro, llegaron a la Tierra los Copérnicos, Darwins y Newtons del mundo de las inversiones.
Todos ellos habían sido personas desafortunadas durante la Gran Depresión.
El primero fue Benjamin Graham (1894–1976), una persona cuya vida estuvo marcada por dificultades y adversidades.
Mencio dijo: «Cuando el Cielo está a punto de conferir una gran responsabilidad a alguien, primero lo somete a pruebas que agobian su mente, fatigan su cuerpo, privan de alimento a su físico y vacían sus recursos; además, sus acciones se ven obstaculizadas y desordenadas. Todo ello sirve para fortalecer su voluntad y desarrollar sus capacidades».
Benjamin Graham representa, sin duda alguna, la interpretación perfecta de esta frase.
A la edad de un año, sus padres emigraron desde Europa a Estados Unidos en busca de trabajo, viviendo como extranjeros en tierras ajenas.
A los nueve años, su padre falleció, dejando a la familia sin ingresos y sumida aún más en la pobreza.
A los catorce años, su madre perdió todo en operaciones bursátiles, quedando la familia prácticamente sin nada.
A los veintitrés años, tras graduarse, gestionó por primera vez una cuenta bursátil ajena y perdió todo el dinero del cliente, lo que provocó la congelación de dicha cuenta.
A los treinta años, fundó su primer fondo de inversión privado, pero tuvo que disolverlo forzosamente debido a conflictos entre accionistas.
A los treinta y seis años, su nueva compañía de inversiones casi quebró durante la crisis financiera de 1929, perdiendo prácticamente todos sus ahorros acumulados a lo largo de su vida.
Sin embargo, las adversidades no destruyeron a Graham. A través de una profunda reflexión, logró consolidar su propia identidad y, en medio de aquellos oscuros años, escribió obras revolucionarias como Análisis de valores y El inversor inteligente, sentando así las bases de su escuela de inversión basada en el análisis fundamental, que le valió el apodo de «Newton» de dicho campo.
En sus años avanzados, Graham impartió clases en la Universidad de Columbia, formando a generaciones enteras de estudiantes. Sus enseñanzas funcionaron como una antorcha que guió a innumerables seguidores hacia la puerta del análisis científico de las inversiones.
Entonces, ¿cuáles son las ideas centrales de Graham?
Dos puntos:
Primero, prestar especial atención al margen de seguridad.
Tras haber sufrido profundamente por la volatilidad del mercado bursátil, colocó la gestión del riesgo como su prioridad número uno en las inversiones, exigiendo una seguridad absoluta.
Por lo tanto, exigía que la valoración fuera suficientemente baja y solo compraba acciones de «cigarros» —es decir, aquellas cuyos precios ya no podían caer más.
Segundo, énfasis en el análisis financiero.
Realizaba un análisis cuantitativo de los activos, ingresos, beneficios, pasivos y expectativas de rendimiento futuro de cualquier empresa cotizada, con el fin de determinar su valor intrínseco y evaluar la viabilidad de la inversión.
Todo se basaba en datos objetivos, evitando especulaciones, rumores y decisiones impulsivas.
Entre los estudiantes de Graham destacan figuras reconocidas del mundo de los fondos, como Irving Kahn, Walter Schloss y Seth Klarman.
Sin embargo, sin duda alguna, el más conocido es Warren Buffett.
3
Buffett compartió una infancia muy similar a la de la mayoría de los chinos.
Nació en Omaha, una pequeña ciudad estadounidense del interior, de tercera categoría. Su abuelo regentaba una tienda de comestibles y su padre trabajaba como empleado bancario: un origen bastante común.
Era el año 1930, justo en plena Gran Depresión: los bancos colapsaban y su padre perdió su empleo.
Para ayudar a ganar dinero, a los 6 años Buffett comenzó a vender chicle y refrescos por las calles, y a los 13 empezó a distribuir periódicos.
Durante la escuela secundaria, Buffett adquirió varias máquinas de pinball de segunda mano y las instaló en peluquerías, compartiendo los ingresos al 50 % con los propietarios.
Este tipo de negocio es similar a las máquinas de atrapar peluches que hoy vemos en centros comerciales o a las tragamonedas en casinos: generan grandes beneficios con poca inversión inicial, aunque también tienen bajos umbrales de entrada para la competencia.
De no haber ocurrido ningún imprevisto, Buffett probablemente habría seguido el camino tradicional del pequeño empresario hacia la riqueza.
Sin embargo, sí hubo un imprevisto: durante la escuela secundaria, el joven Buffett comenzó a obsesionarse con las acciones y decidió dedicarse a ellas como profesión de por vida.
Esta elección se debe al razonamiento de Buffett:
De niño, vendía chicle y refrescos puerta a puerta, un negocio que exigía mucho esfuerzo físico y ofrecía márgenes extremadamente bajos, lo que dificultaba obtener ganancias sustanciales.
Más tarde, se dedicó al negocio de las máquinas de pinball, que parecía mucho menos agotador y ofrecía mayores márgenes. Sin embargo, en esencia, se trataba de un negocio intensivo en capital.
Al principio, identificabas una oportunidad comercial y aprovechabas la ventaja derivada de la asimetría informativa para obtener ciertas ganancias.
No obstante, conforme entraban nuevos competidores, los costos de alquiler de locales aumentaban drásticamente, convirtiéndose la competencia en una batalla por quién contaba con mayor solvencia financiera.
Era evidente que Buffett carecía de dicha capacidad financiera, por lo que, al final, seguía siendo muy difícil obtener beneficios significativos, y tuvo que abandonar el negocio con resignación.
Entonces, ¿cómo puede una persona común y corriente lograr ganancias sustanciales si no posee ventajas monopolísticas derivadas de tecnología o licencias reguladoras?
Únicamente mediante la explotación de la asimetría informativa.
Así sucedió al inicio del negocio de las máquinas de pinball, y ocurre de forma similar en muchos otros negocios: comprar barato y vender caro, obteniendo beneficios precisamente gracias a dicha asimetría informativa.
Si, en esencia, todos estos negocios consisten en aprovechar la asimetría informativa, ¿por qué no invertir directamente en acciones?
Los costos adicionales requeridos son mínimos y la liquidez es excelente. Si posees el talento empresarial necesario y sabes identificar oportunidades, teóricamente este es el mejor entorno posible.
Precisamente al darse cuenta de esto, Buffett fue dejando paulatinamente sus pequeños negocios y centró su interés en los mercados bursátiles.
Y, al igual que el 99,9 % de los inversores minoristas, Buffett comenzó su andadura en los mercados bursátiles estudiando gráficos de ondas, practicando la estrategia de «comprar en alzas y vender en bajas», aunque sus resultados fueron meramente mediocres.
Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los inversores minoristas, Buffett era un ávido lector y prácticamente tomó prestado y leyó cada libro sobre acciones disponible en la biblioteca.
En aquella época, los libros sobre acciones estaban dominados principalmente por autores técnicos, como Gann, o por obras clásicas como «Reminiscences of a Stock Operator». Buffett los leyó uno tras otro hasta llegar a «The Intelligent Investor» de Benjamin Graham.
Finalmente, sintió que aquel libro resonaba profundamente con él, iluminando su mente de forma repentina.
Al prepararse para los exámenes de admisión a posgrado, eligió la Universidad de Columbia y se convirtió oficialmente en discípulo de Benjamin Graham.
Entonces, ¿cuál es la diferencia más significativa entre él y otros inversores minoristas?
Warren Buffett reconoció antes que otros las deficiencias inherentes al enfoque especulativo basado en el análisis técnico y optó por seguir el camino científico de la inversión de valor.
Ese año fue 1950 y Buffett tenía 20 años.
Tras graduarse, Buffett trabajó varios años como agente de bolsa y también operó acciones por su cuenta. Su trabajo diario consistía en recopilar información de publicaciones como el «Manual Standard & Poor’s» y el «Manual Moody’s», analizarla cuidadosamente y, cuando encontraba acciones de su interés, comprarlas y mantenerlas.
Aplicaba rigurosamente la metodología de inversión enseñada por Graham, comprando únicamente las acciones más baratas y con un amplio margen de seguridad.
Todo marchaba muy bien.
El joven Buffett acumuló gradualmente activos por varios cientos de miles de dólares y comenzó a fundar fondos privados, elevando así los activos bajo su gestión a varios millones de dólares.
Era una época maravillosa.
Apenas cumplidos los 30 años, Buffett ya era millonario.
Sin embargo, el mercado bursátil nunca es tan sencillo; siempre hay lecciones que aprender, incluso a costa de errores.
En 1962, tras varios años de alzas sostenidas, muchas acciones ya no eran baratas. Siguiendo la teoría de su maestro, Buffett descubrió que casi no había activos adecuados para invertir.
Después de mucho reflexionar, decidió apostar por una empresa textil al borde de la quiebra: Berkshire Hathaway.
Según el análisis financiero, el patrimonio neto contable de la empresa ascendía a 22 millones de dólares; sin embargo, debido a su mala gestión, su cotización estaba muy baja, permitiendo adquirirla por tan solo 14 millones de dólares.
Motivado por la idea de adquirir un activo subvaluado, Buffett comenzó a comprar paulatinamente acciones de la compañía.
No obstante, esta inversión se convertiría en la mayor decepción de toda la carrera del «Oráculo de Omaha».
Tenga en cuenta que, en ese momento, el total de activos bajo gestión de Buffett apenas alcanzaba los millones de dólares; la adquisición de Berkshire Hathaway equivalía, pues, a arriesgar todo su patrimonio personal.
Sin embargo, ¿invertir es tan simple como llevar una contabilidad?
El precio actual, efectivamente, es bajo, pero ¿qué sucederá en el futuro?
Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial y con la llegada de la era del comercio globalizado, la industria textil estadounidense sufrió una constante retirada ante la presión ejercida por la abundante mano de obra barata de Asia Oriental, lo que provocó una caída sostenida en el precio de las acciones de Berkshire Hathaway.
Warren Buffett compró cada vez más acciones a medida que el precio caía, hasta lograr el control total de la empresa, quedando así atrapado para siempre.
En 1985, Berkshire cerró su última fábrica textil, y los ingresos obtenidos de la subasta de todos sus activos ascendieron únicamente a 160.000 dólares estadounidenses.
Esta empresa fantasma se convirtió desde entonces en la compañía insignia de Buffett, dejándole una lección inolvidable.
Entonces, ¿qué error cometió?
—No supo identificar la gran tendencia de la época.
4
Tras la Segunda Guerra Mundial, la fortuna nacional de Estados Unidos creció constantemente y estalló la Tercera Revolución Científica y Tecnológica.
En 1946, IBM inventó la primera computadora electrónica basada en tubos de vacío, la ENIAC, introduciendo a la humanidad en la era de la computación; ese mismo año, Motorola lanzó el primer teléfono inalámbrico para automóviles, iniciando así la era de las comunicaciones inalámbricas;
En 1950, la empresa RCA presentó el primer televisor en color;
En 1954, Texas Instruments lanzó el primer transistor comercial de silicio, abriendo una nueva era para los semiconductores;
En 1956, Motorola lanzó su producto buscador (pager), llevando la tecnología de comunicaciones inalámbricas a cada persona;
En 1958, Texas Instruments desarrolló el primer circuito integrado del mundo;
En 1959, el Bank of America emitió la primera tarjeta de crédito, que posteriormente evolucionó en el sistema global de pagos electrónicos VISA;
En 1960, Medtronic lanzó el primer marcapasos implantable fiable, abriendo un nuevo mundo para la tecnología médica.
En 1964, IBM lanzó la revolucionaria computadora mainframe System/360, la primera computadora con un sistema operativo integrado.
En 1967, Texas Instruments inventó la calculadora de mano, cuyo precio en aquel entonces alcanzaba los 2.500 dólares por unidad.
En ese mismo año, Boeing presentó su primer avión 737, el avión comercial más vendido de la historia de la aviación, con un total de pedidos que asciende a 15.000 unidades hasta la fecha.
Durante las décadas de 1950 y 1960, sectores como la informática, las telecomunicaciones, la medicina, el transporte y las finanzas fueron transformados por las emergentes tecnologías electrónicas, lo que dio lugar a estilos de vida en constante evolución y creó nuevos mercados azules.
De forma natural, la inversión en acciones de crecimiento fue la tendencia dominante de esa época.
Sin embargo, las mejores acciones de crecimiento siempre resultaban caras, y su lógica de inversión era incompatible con la «teoría del margen de seguridad» y el principio de «solo comprar acciones baratas» defendidos por Warren Buffett.
El joven Buffett se perdió una era.
El gurú bursátil de esa época fue Philip Fisher (1907–2004), un sabio que vivió 98 años.
Fisher se graduó en la Escuela de Negocios de Stanford y, al inicio de su carrera, trabajó como analista de valores. Justo tras su graduación coincidió con la Gran Depresión, lo que le dejó una profunda conciencia del riesgo presente en los mercados bursátiles.
No obstante, no se dejó intimidar, sino que profundizó aún más su investigación sobre las acciones tecnológicas de crecimiento, perfeccionando constantemente su metodología.
Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, la economía estadounidense experimentó un fuerte auge, y Fisher aprovechó esta coyuntura para fundar su propia firma de inversión y adquirir en gran volumen líderes accionarios de alta calidad en el segmento de crecimiento.
Las dos acciones más exitosas en el portafolio de Fisher fueron Texas Instruments y Motorola.
Como se mencionó anteriormente, en 1954 Texas Instruments lanzó el primer transistor de silicio comercial, inaugurando así la nueva era de los semiconductores.
Al año siguiente, en 1955, Fisher compró masivamente acciones de Texas Instruments.
Tres años después, en 1958, Texas Instruments desarrolló el primer circuito integrado del mundo, lo que impulsó una fuerte alza sostenida en su cotización bursátil.
En el pico alcista de 1962, el precio de las acciones de Texas Instruments había aumentado 14 veces.
Sin embargo, tras la posterior caída del mercado, el precio de las acciones de Texas Instruments se desplomó un 80 %, pero Fisher no vendió; optó por mantener su posición.
En 1967, Texas Instruments inventó la calculadora de mano, y el precio de sus acciones alcanzó nuevos máximos en los años siguientes, generando para Fisher un rendimiento de 30 veces su inversión.
Otra empresa tecnológica líder, Motorola, también le reportó a Fisher un rendimiento de 20 veces su inversión.
Podría decirse que, en aquella época, Texas Instruments y Motorola equivalían a NVIDIA y Apple en la actualidad.
Las acciones de crecimiento siempre son caras y sus fluctuaciones de precio resultan muy impactantes, como montar una montaña rusa. No obstante, si se identifica correctamente la tendencia dominante de la época y se apuesta por la dirección correcta, los rendimientos también pueden ser asombrosos.
Respecto a la inversión en acciones de crecimiento, Fisher tenía dos principios fundamentales:
Primero, comprar acciones equivale a comprar una empresa. Las empresas sobresalientes representan aproximadamente solo el 5 % del mercado en cualquier momento, por lo que, si se invierte, debe hacerse en las mejores empresas.
Las empresas sobresalientes presentan tres características:
a) Priorizan la investigación y desarrollo (I+D) y la innovación en marketing, poseyendo barreras competitivas sólidas;
b) Cuentan con una dirección ejecutiva sobresaliente capaz de ayudar a la empresa a mantener su ventaja competitiva a largo plazo en el sector. Esto es extremadamente importante, ya que únicamente así podrá una empresa superar un ciclo bajista y alcanzar nuevos máximos tras su conclusión;
c) Poseen márgenes de beneficio elevados, pero distribuyen dividendos bajos o incluso ninguno.
Las empresas de crecimiento destinan habitualmente la mayor parte de sus beneficios a la expansión de nuevos negocios. Si distribuyen dividendos en una proporción elevada, suele deberse a dificultades para expandir sus operaciones, por lo que optan por destinar la mayor parte de sus beneficios a dichos pagos.
Segundo, mantener las acciones durante un período prolongado, con la premisa de estar dispuesto a soportar una posible inmovilización de la inversión durante tres años.
Cuando una empresa sobresaliente es castigada injustamente por el mercado y su cotización queda subvaluada, se presenta una oportunidad única e inmejorable. Al encontrarse con tal situación, no hay que dejarla pasar: conviene invertir fuertemente y mantener la posición con firmeza.
No obstante, en la mayoría de los casos, el precio de las acciones de empresas de crecimiento sobresalientes no es barato, por lo que basta con adquirirlas a un precio razonable según el mercado, sin obsesionarse excesivamente por ganancias o pérdidas a corto plazo.
Con frecuencia, los mercados experimentan fuertes volatilidades, provocando que la inversión quede inmediatamente «atrapada» tras su compra. ¿Qué hacer en tales circunstancias?
Siempre que esta empresa siga siendo excelente y su perspectiva siga siendo prometedora, mantenga el principio de «mantener la inversión durante tres años», siga comiendo y durmiendo con normalidad; el tiempo lo demostrará todo.
Si descubre que su juicio inicial fue erróneo, enfrente la situación con honestidad y abandone inmediatamente la inversión para trasladarse a empresas con mejores perspectivas futuras.
La razón para vender una acción está únicamente relacionada con las perspectivas de crecimiento de la empresa, y no tiene ninguna relación con las fluctuaciones del precio de su acción.
Tener una buena mentalidad de inversión es muy importante; nunca se deje perturbar por los vaivenes del mercado ni por sus fluctuaciones cotidianas, ya que todo ello constituye simplemente ruido que obstaculiza una inversión exitosa.
5
Al entrar en la década de 1970, Buffett seguía enfrentando serios problemas con sus acciones de bajo precio y baja calidad.
Estados Unidos enfrentaba desafíos provenientes de la Unión Soviética en los ámbitos espacial y militar, mientras que, económicamente, su liderazgo era eclipsado por el ascenso de Japón y Alemania. Internamente, el país sufría una alta inflación y una depreciación del dólar, lo que generaba una profunda crisis.
En el mercado bursátil, esto se tradujo en una prolongada estancamiento de diez años, un invierno frío y desolado.
Como reza el dicho: «El momento histórico forja a los héroes». En este nuevo gran contexto histórico, surgen nuevos talentos.
Esta década pertenece a Templeton (1912-2008, 97 años) y Davis (1906-1994, 89 años), dos sabios ancianos igualmente longevos.
Templeton tenía una famosa frase: «Los mercados nacen en la desesperación, crecen en la duda, maduran en el optimismo y mueren en el entusiasmo. El momento más pesimista es precisamente el mejor instante para comprar, y el momento más optimista es exactamente el mejor instante para vender».
Este es precisamente el principio de inversión contrariana de Templeton.
Davis también tenía una célebre frase: «Compre acciones con potencial cuando las relaciones precio-beneficio (P/E) sean bajas (durante un mercado bajista). A medida que la relación P/E aumente y los beneficios crezcan, el precio de las acciones experimentará un crecimiento exponencial; por el contrario, también puede caer exponencialmente».
Este es el famoso «efecto doble golpe» y «efecto doble golpe negativo» de Davis (una regla de inversión basada en el interés compuesto).
En realidad, tanto la inversión contrariana como la inversión basada en el interés compuesto subrayan esencialmente el principio de «comprar barato y vender caro», siguiendo así los fundamentos básicos de la inversión de valor.
Estos principios son bien conocidos por muchas personas.
Lo que realmente los distingue es que poseían una visión de inversión internacional sin parangón en su época.
Templeton estudió en el Reino Unido durante su juventud y viajó extensamente por Europa, adquiriendo un profundo conocimiento de la historia, la cultura y la estructura económica europeas;
Davis también estudió en Suiza y conoció a su futura esposa en un tren durante un viaje por Francia.
En 1968, Templeton tomó una decisión inusual: renunció a su nacionalidad estadounidense y se mudó a la pequeña isla caribeña de Bahamas, donde vivió durante 40 años hasta su fallecimiento.
Consideraba que muchos inversores fracasaban debido a las distracciones causadas por el ruido del mercado y a los deseos difíciles de controlar. Al alejarse de los centros financieros, también se alejaba del ruido y de los deseos, lo que indudablemente le permitía invertir con mayor calma.
Además, al estar lejos de Estados Unidos, podía observar la economía global desde una perspectiva más macroscópica y neutral:
Identificó oportunidades de inversión excepcionales en economías como las de Alemania y Japón durante su proceso de reconstrucción posterior a la guerra, y no retiró sus inversiones del mercado bursátil japonés hasta mediados de la década de 1980;
También aprovechó la crisis que afectó a la industria automotriz estadounidense tras el impacto de los fabricantes japoneses, comprando masivamente acciones de Ford en 1978, cuando la empresa estaba al borde de la quiebra;
Esta capacidad para actuar con flexibilidad y oportunidad llevó la carrera de inversión de Templeton a su punto máximo: el rendimiento anual promedio de los fondos bajo su gestión alcanzó el 18,3 %, muy por encima del índice bursátil estadounidense en el mismo período.
Davis tuvo experiencias similares.
Al principio de la posguerra, Davis se centró en comprar acciones de compañías aseguradoras. En aquella época, el sector asegurador, a diferencia de las acciones bancarias con larga tradición, se encontraba en una etapa de crecimiento dinámico y vigoroso.
El gobierno estadounidense impulsaba el seguro universal, los veteranos regresaban a la vida civil, se casaban y formaban familias, y además del seguro de vida, surgían constantemente nuevos productos como el seguro de vivienda y el seguro automovilístico.
La bonanza demográfica + el aumento de la penetración del mercado + los nuevos negocios innovadores hicieron que el potencial de crecimiento de las acciones aseguradoras no fuera inferior al de otras acciones tecnológicas.
Davis comenzó su carrera bursátil pidiendo prestados inicialmente 50.000 dólares a su suegro y logró acumular su capital inicial gracias al auge alcista de los mercados estadounidenses durante las décadas de 1950 y 1960;
Cuando a principios de la década de 1960 se produjo una burbuja especulativa en el mercado bursátil estadounidense, decidió trasladar rápidamente sus inversiones a Japón, comprando acciones de nuevas compañías aseguradoras japonesas, replicando así su éxito previo en el mercado estadounidense.
El crecimiento estable de los resultados + el aumento del ratio precio-beneficio (PER) + la sucesión de mercados alcistas en varios países + el uso de apalancamiento convirtieron los iniciales 50.000 dólares en una fortuna de 900 millones de dólares tras 40 años.
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Los años 1977 y 1978 marcaron un hito histórico en Estados Unidos.
En 1977, George Lucas estrenó la película de ciencia ficción «La guerra de las galaxias», que causó sensación a nivel mundial y catapultó a la industria cinematográfica hacia la era de las superproducciones con efectos especiales.
Ese mismo año, la empresa Apple lanzó el Apple II, la primera computadora personal de la historia humana.
Al año siguiente, IBM lanzó su propia línea de computadoras personales (PC), incorporando el microprocesador 8088 de Intel y el software BASIC de Microsoft, dando así inicio a la «Era 2.0» de la industria global de la computación.
Aprovechando este impulso tecnológico innovador, Estados Unidos recuperó su dinamismo económico y experimentó una inversión favorable en su competencia geopolítica con la Unión Soviética, volviéndose una vez más dominante la inversión en acciones de crecimiento.
En 1978, Warren Buffett, entonces de 49 años, y Charlie Munger, de 55, se unieron, marcando un punto de inflexión decisivo en sus carreras profesionales para toda la vida.
Es posible que no lo sepa, pero estos dos maestros —considerados por la posteridad como la mejor pareja de inversionistas de la historia— eran, precisamente, personas de personalidades opuestas.
Buffett, en su juventud, obtuvo calificaciones académicas solo medianamente buenas, por lo que fue rechazado en su primera opción: la Universidad de Harvard. Por su parte, Munger sí era un auténtico prodigio académico, graduado de la Facultad de Derecho de Harvard.
Buffett es una persona reservada y poco sociable, por lo que, tras varios años trabajando, regresó a su ciudad natal, Omaha, para operar acciones por su cuenta. Munger, en cambio, vivió siempre en grandes ciudades como Los Ángeles y experimentó múltiples actividades empresariales.
Para Buffett, lo único que importaba eran las acciones y los principios fundamentales de inversión transmitidos por su mentor, Benjamin Graham.
Munger, por su parte, era una persona profundamente curiosa, lector voraz y estudioso de múltiples disciplinas. Además de acciones, también se dedicó a bienes raíces, capital privado y otros campos diversos.
Sin embargo, durante la década de 1970, ni Buffett tuvo una buena racha, ni tampoco lo hizo Munger.
Buffett quedó atrapado en la estrategia de inversión en «cigarros» (acciones baratas con valor intrínseco residual), sin lograr salir de ella. Su principal frustración radicaba en comprender por qué un modelo aparentemente científico, como el del «margen de seguridad», podía conducir a trampas de valor tan peligrosas.
El problema de Munger era que, aunque entendía perfectamente los principios teóricos, tendía a actuar impulsivamente.
Como resultado, en los dos años previos a convertirse socio de Buffett, Munger sufrió pérdidas masivas consecutivas en su carrera inversora, lo que lo llevó a una profunda desilusión y, en un momento dado, incluso liquidó su propia firma de inversión.
En este mundo no existen personas perfectas.
Charlie Munger es hábil en la planificación estratégica, pero no tanto en la toma de decisiones: en la antigüedad habría sido ideal como consejero militar, y en la actualidad resulta perfecto como analista.
Warren Buffett, por su parte, destaca en la toma de decisiones, pero no tanto en la planificación estratégica: en la antigüedad habría sido ideal como general, y en la actualidad resulta perfecto como trader.
Cuando el trader Buffett se encontró con el analista Munger,
Buffett preguntó:
«He seguido estrictamente durante toda mi vida la regla del margen de seguridad. Sin embargo, incluso entre las acciones aparentemente seguras y subvaluadas, he encontrado trampas de valor extremadamente peligrosas. ¿Cómo puedo superarlas, señor?»
Munger respondió:
«Tengo tres consejos clave:
Primero, en lugar de dedicar tiempo y energía a comprar empresas de baja calidad a precios baratos, es preferible invertir a un precio razonable en empresas sólidas.
Segundo, si una empresa posee un crecimiento suficientemente sólido, incluso si su cotización bursátil es algo elevada, sigue siendo una inversión justificada.
Tercero, al invertir en acciones, no solo se adquiere la oportunidad sectorial, los productos y el modelo de negocio de la empresa, sino que lo más importante es evaluar si su equipo directivo está compuesto por personas ambiciosas y capaces de gestionar eficazmente. Si es así, incluso un precio 2 o 3 veces superior al habitual seguiría siendo una ganga.»
Al escuchar esto, Buffett experimentó una revelación profunda. Posteriormente, comentó con un amigo:
«Con la fuerza de sus ideas amplió enormemente mi visión, permitiéndome evolucionar a una velocidad extraordinaria desde un simio hasta un ser humano. De lo contrario, hoy sería mucho más pobre.»
Podemos afirmar que, desde que Buffett y Munger comenzaron a colaborar, su metodología de inversión experimentó una verdadera actualización.
Ya no se obsesionan con acciones baratas de empresas de baja calidad («cigar butt stocks»), sino que optan por empresas de alta calidad con un crecimiento estable, adquiriéndolas a precios razonables.
Es como combinar a Benjamin Graham con Philip Fisher: una síntesis perfecta y armoniosa.
No hay rival comparable en el mundo.
¡Oh, no! ¡Sigue habiendo oponentes! ~~~
En la década de 1980, surgió un genio en el mundo de las inversiones: Peter Lynch, el segundo gran maestro de las acciones de crecimiento.
Peter Lynch nació en 1944, un año antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas aliadas lanzaron la histórica Operación Overlord (desembarco de Normandía) y ya tenían prácticamente asegurada la victoria.
Desde el punto de vista de la experiencia profesional, Peter Lynch era simplemente un joven recién llegado;
sin embargo, desde la perspectiva de su trayectoria inversora, contaba con ventajas incomparables frente a sus predecesores.
En primer lugar, no vivió las devastadoras experiencias de la Gran Depresión ni de los conflictos bélicos, sino que creció durante la época de prosperidad económica posterior a la guerra, lo que le otorgó una mentalidad mucho más relajada, optimista y propensa al riesgo;
en segundo lugar, tras graduarse, ingresó directamente en el famoso fondo Fidelity, comenzando como pasante y recibiendo una formación teórica rigurosa, además de operar en una plataforma de gran envergadura, lo que le permitió partir de una posición privilegiada y evitar muchos errores comunes;
y, por último, tuvo una suerte extraordinaria: en 1977 asumió la gestión del fondo Fidelity Magellan, justo antes de que, durante la década de 1980, las acciones de crecimiento experimentaran un espectacular auge. Lynch diversificó ampliamente su cartera y se retiró en el momento álgido de su carrera.
Según estadísticas oficiales, durante los 13 años en los que Peter Lynch gestionó el fondo Fidelity Magellan (1977–1990), logró una tasa de crecimiento compuesto anual del 29 %, la más alta entre todos los grandes inversores, superando incluso el rendimiento de Warren Buffett.
El patrimonio gestionado por este fondo aumentó desde los iniciales 20 millones de dólares hasta alcanzar los 14 000 millones de dólares, mientras que el número de inversores superó el millón de personas, convirtiéndose así en el fondo de inversión con mayor volumen de activos gestionados del mundo en aquella época.
En cuanto a su estilo de inversión, Peter Lynch basaba su filosofía en dos principios fundamentales:
Primero, centrarse en pequeñas empresas con sólidos fundamentales pero que pasaban desapercibidas para el mercado.
Este enfoque difería notablemente del de Philip Fisher, quien prefería invertir en acciones tecnológicas líderes del mercado, mientras que Lynch apostaba por empresas no dominantes del sector consumo.
A lo largo de su carrera, Lynch adquirió más de 10 000 valores distintos, la mayoría correspondientes a pequeñas empresas especializadas en nichos específicos, tales como Toys "R" Us, The Body Shop y La Quinta Inns & Suites.
El caso más célebre fue Walmart, aunque cuando Lynch compró sus acciones, la empresa llevaba apenas unos años cotizando en bolsa y seguía siendo una compañía de tamaño medio.
Walmart cotizó por primera vez en bolsa en 1972 y, durante los siguientes 25 años, su valor de mercado se multiplicó por 5 000. Partiendo como una modesta tienda de descuentos ubicada en una pequeña ciudad del centro de Estados Unidos, se transformó en la cadena de supermercados más grande del planeta y ocupó el primer puesto en la lista Fortune Global 500.
En la década de 1980, período álgido de su expansión internacional, Walmart incorporó tecnologías informáticas para transformar su cadena de suministro, logrando un crecimiento sin parangón.
Durante esta etapa, los ingresos de Walmart aumentaron de 1.655 mil millones de dólares en 1981 a 32.600 millones de dólares en 1991, con una tasa de crecimiento anual compuesta del 34,72 %; asimismo, sus beneficios netos se multiplicaron por 22 y su cotización bursátil subió 61 veces.
Segundo: diversificar las inversiones (no poner todos los huevos en la misma cesta) y mantenerlas a largo plazo.
Este principio contradice directamente la filosofía de Philip Fisher, quien prefería concentrar sus participaciones accionarias, mientras que Peter Lynch favorecía precisamente la diversificación.
Existen dos razones fundamentales para ello.
Primero, el fondo gestionado por Lynch tenía un tamaño considerable, especialmente en sus etapas posteriores, y al invertir principalmente en acciones de empresas pequeñas (small caps), no le quedaba más remedio que diversificar.
Segundo, Lynch consideraba que la concentración de inversiones hacía al inversor extremadamente vulnerable a las fuertes fluctuaciones del precio accionario, lo que afectaba negativamente su estabilidad emocional y lo convertía en un especulador a corto plazo.
En cualquier caso, Lynch fue una persona suficientemente inteligente, trabajadora y, sobre todo, afortunada.
Un ejemplo resulta particularmente ilustrativo.
En 1989, Warren Buffett adquirió acciones de una aerolínea. Tras la compra, la inversión sufrió una serie de contratiempos: primero, la Guerra del Golfo provocó un fuerte aumento del precio del petróleo; después, durante varios años consecutivos se produjeron graves accidentes aéreos.
Como resultado, dicha empresa registró pérdidas anuales sucesivas y llegó incluso a rozar la bancarrota.
Esta fue la inversión más desafortunada de la segunda mitad de la vida de Buffett, lo que le llevó a evitar completamente las acciones de aerolíneas durante los siguientes 20 años e incluso a calificarlas despectivamente como «destructores de valor».
Sin embargo, la situación de Lynch fue distinta: su primera inversión en la vida fue precisamente en acciones de una aerolínea.
En aquel entonces, Lynch acababa de ingresar a la universidad y utilizó más de mil dólares de su beca para comprar acciones de Flying Tiger Line a un precio de 7 dólares por acción; posteriormente vendió dichas acciones a 32 dólares, obteniendo una ganancia del 450 %.
¡Así es la suerte!
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Invertir es una maratón.
En 1990, el joven prodigio Peter Lynch se retiró del mundo financiero, dando paso a la «era de Buffett».
Buffett y Munger, ¡prepárense para presenciar un milagro!
Según Forbes, Buffett ha ocupado de forma constante uno de los tres primeros puestos en la lista mundial de personas más ricas durante los últimos 20 años, con un patrimonio neto personal actual superior a los 80 000 millones de dólares estadounidenses.
Más del 95 % de esta riqueza se generó después de 1990.
¿Por qué los logros de Buffett han sido tan notables en las últimas tres décadas?
Veamos la siguiente tabla:
Esta es la lista de las 15 mayores posiciones de Berkshire Hathaway, publicada en su «Carta a los accionistas» de 2018.

Berkshire Hathaway es la empresa insignia de inversión de Buffett, que se transformó desde una decadente fábrica textil hasta alcanzar hoy un valor de mercado de 500 000 millones de dólares, convirtiéndose en la quinta empresa más grande cotizada en Estados Unidos, detrás de Microsoft, Amazon, Apple y Google.
La sede de esta empresa cuenta únicamente con unas veinte personas, la mayoría mujeres, encargadas de funciones administrativas, financieras y jurídicas, además de 4 o 5 gestores de inversiones.
A continuación se muestra la foto familiar de su fiesta navideña de 2014.

Como tomador de decisiones, Buffett suele emitir sus órdenes de operación desde esta pequeña oficina.

Durante los últimos 60 años, Buffett ha vivido constantemente aquí.
Esta es una pequeña ciudad estadounidense de tercer nivel situada en el interior del país: con poca población, aire limpio y un cielo estrellado visible cada noche, sin interferencias de smog, ruido del tráfico ni luces llamativas.
Casi ningún medio de comunicación acude aquí a realizar entrevistas, ni tampoco es necesario desplazarse constantemente entre diversos eventos sociales e industriales.
Su interior es profundamente tranquilo.
Esto permite que sus decisiones mantengan un alto grado de racionalidad.
Cada cierto tiempo, Charlie Munger, quien reside en Los Ángeles, a 2.500 kilómetros de distancia, llama por teléfono. Este analista con una visión amplia le comenta entusiasmado sobre las nuevas empresas prometedoras para invertir que ha descubierto recientemente.
Warren Buffett, por su parte, siempre actúa con mucha cautela: observa mucho y actúa poco.
Él afirma: «La dirección es cien veces más importante que el esfuerzo».
Veamos ahora sus 15 mayores posiciones accionarias actuales:
Wells Fargo, Apple, Bank of America, Coca-Cola, American Express, Phillips 66, U.S. Bancorp, Moody’s, Southwest Airlines, Delta Air Lines, Goldman Sachs, Bank of New York Mellon, Charter Communications, BYD, General Motors.
Siete acciones financieras (cuatro de ellas bancos): Wells Fargo, Bank of America, American Express, U.S. Bancorp, Moody’s, Goldman Sachs y Bank of New York Mellon.
Una razón clave para adquirir tantas acciones financieras y bancarias radica en que estas empresas tienen una gran capitalización bursátil y generan ingresos estables, lo cual les otorga un papel de «lastre» o «ancla» para una gran compañía de inversión como Berkshire Hathaway.
Además, Apple es una empresa tecnológica, Coca-Cola pertenece al sector de bienes de consumo, Phillips 66 opera en el sector energético, Southwest Airlines y Delta Air Lines son compañías de transporte aéreo, Charter Communications es una empresa mediática, BYD se dedica a los vehículos eléctricos y General Motors forma parte de la industria manufacturera tradicional.
Esta cartera abarca múltiples sectores, siguiendo fielmente el principio de «no poner todos los huevos en la misma canasta».
Asimismo, acciones de aerolíneas —que Buffett solía rechazar rotundamente— y acciones tecnológicas —que había jurado no tocar jamás— también aparecen ahora entre sus mayores posiciones.
Ahora centrémonos en las cinco acciones con mayor rentabilidad:
Moody’s: 1.368 %;
Coca-Cola, 1312 %;
American Express, 1069 %;
BYD, 745 %;
Goldman Sachs, 343 %.
El período de tenencia de estas acciones ha sido lo suficientemente largo, generalmente superior a diez años.
Las dos acciones con mayor antigüedad en la cartera, con un período de tenencia de 30 años, son American Express y Coca-Cola.
Comencemos con American Express.
Esta es una empresa centenaria que inicialmente se dedicaba al servicio de mensajería, posteriormente se transformó hacia los cheques de viaje y, finalmente, evolucionó hacia el negocio de tarjetas de crédito para consumo.
Warren Buffett adquirió acciones de esta empresa en dos ocasiones. La primera fue en la década de 1960, tras una caída drástica del precio de las acciones provocada por un escándalo financiero; Buffett compró una posición significativa, que representó hasta un 40 % de su cartera.
Tres años después, esta inversión generó rendimientos de 2 a 3 veces su valor inicial, obteniendo más de 10 millones de dólares estadounidenses en ganancias, lo cual dejó muy satisfecho a Buffett.
Podemos decir que este caso representa un ejemplo clásico de inversión contracíclica.
En 1990, American Express volvió a enfrentar dificultades debido a su derrota competitiva frente a las dos principales organizaciones de tarjetas de crédito, Visa y Mastercard, lo que provocó una fuerte caída tanto en sus resultados como en su cotización bursátil.
Aquí llegó nuevamente su viejo amigo.
En esta ocasión, Buffett realizó una investigación exhaustiva y descubrió que la dirección de la empresa había cambiado, y que la nueva administración adoptaba una estrategia centrada en el negocio principal y en una diferenciación estratégica para competir con los dos gigantes del sector de tarjetas de crédito.
Visa y Mastercard apuntan al mercado masivo de consumo, mientras que American Express decidió enfocarse en el segmento premium, concentrándose únicamente en el 20 % de consumidores con mayores ingresos.
En 1991, 1994 y 1995, Buffett incrementó su posición en tres ocasiones consecutivas y ha mantenido dicha tenencia hasta la actualidad.
Para 1999, los 1.400 millones de dólares estadounidenses invertidos acumulativamente se habían convertido en 8.400 millones de dólares estadounidenses, lo que representa un aumento de seis veces.
La segunda compra comparte causas similares con la primera.
A primera vista, ambas inversiones se basan en una recuperación tras una situación adversa; sin embargo, al profundizar, resulta evidente que no pueden separarse del respaldo de la «suerte nacional».
Como se mencionó anteriormente, entre las décadas de 1950 y 1960, Estados Unidos salió victorioso de la Segunda Guerra Mundial, alcanzando su apogeo nacional, lo que desencadenó una fuerte alza bursátil en acciones de crecimiento y permitió que maestros como Philip Fisher aprovecharan esta ola ascendente.
La década de 1990 fue, a su vez, la segunda etapa de máxima fortaleza estadounidense tras la guerra.
En primer lugar, la caída del Muro de Berlín y el colapso del Imperio Soviético llevaron a decenas de países a adoptar el capitalismo, abriendo así amplios mercados para las corporaciones multinacionales.
Posteriormente, estalló la revolución de Internet, lo que incrementó la eficiencia productiva y dio origen a una nueva clase de millonarios tecnológicos.
Estos factores nacionales fueron causas fundamentales de la gran alza bursátil experimentada por las acciones estadounidenses durante la década de 1990, beneficiando notablemente la transformación hacia segmentos premium de American Express.
Lo mismo ocurre con Coca-Cola.
En 1987, Estados Unidos atravesó una crisis financiera y el precio de las acciones de Coca-Cola cayó un 30 %. Al año siguiente, Warren Buffett invirtió mil millones de dólares estadounidenses en una posición significativa de la empresa.
En ese momento, la capitalización bursátil de Coca-Cola era únicamente de 15 000 millones de dólares estadounidenses.
Durante los siguientes diez años, Coca-Cola expandió agresivamente sus operaciones en Asia y Europa del Este, duplicando sus ingresos y convirtiéndose en uno de los períodos de mayor crecimiento en su historia centenaria.
En 1998, la capitalización bursátil de Coca-Cola alcanzó los 15 000 millones de dólares estadounidenses, un aumento de diez veces respecto a la cifra de diez años atrás, convirtiéndose así en la acción más rentable dentro del portafolio de inversiones de Buffett.
Buffett expresó una gran satisfacción con el rendimiento obtenido en Coca-Cola, destacando constantemente su «foso defensivo» y la lealtad de su marca, afirmando que es una inversión digna de mantenerse toda la vida.
No obstante, al analizarlo detalladamente, se observa que tres cuartas partes de los beneficios obtenidos por Buffett durante sus treinta años de tenencia de Coca-Cola provinieron efectivamente de los primeros diez años, es decir, del período de expansión global característico de las acciones de crecimiento.
Durante los veinte años posteriores, una vez que cada rincón del «pueblo global» estuvo saturado de botellas de Coca-Cola y se alcanzó el techo de mercado, la empresa prácticamente no generó retornos adicionales significativos para Buffett.
Las otras tres acciones —Moody’s, adquirida en 2001, y Goldman Sachs y BYD, ambas compradas en 2008— coincidieron todas con la crisis financiera que se produce aproximadamente cada diez años.
Confirma profundamente el significado de la frase: «Tengo miedo cuando los demás son codiciosos y soy codicioso cuando los demás tienen miedo».
No obstante, comparada con las dos acciones financieras Moody’s y Goldman Sachs, la inversión en BYD resulta aún más sorprendente.
Esto se debe a que es la primera vez que una empresa tecnológica —y, en particular, una empresa originaria de China— aparece entre las acciones preferidas por Warren Buffett.
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De hecho, Warren Buffett llevaba mucho tiempo observando atentamente a China.
En 2003, durante la epidemia de SARS que azotó China, Buffett adquirió discretamente acciones de PetroChina en el mercado bursátil de Hong Kong por un valor de 488 millones de dólares estadounidenses.
Cinco años después, en el punto álgido del auge alcista de 2007, Buffett vendió todas sus acciones, cuyo valor total había ascendido ya a 4.000 millones de dólares, además de haber recibido dividendos acumulados por valor de 240 millones de dólares.
Esta operación constituye un caso clásico en el que Buffett aprovechó plenamente los beneficios del auge bursátil derivado del ascenso económico de China.
Hace diecisiete años, el mayor beneficio económico de China provenía de la urbanización y el sector inmobiliario, así como de la escasez y el alza de precios de la energía y el acero asociadas a dichos sectores.
Buffett identificó con agudeza esta oportunidad.
Hace doce años, la abundancia de mano de obra barata en China comenzaba a desvanecerse, mientras que la industria tecnológica apenas empezaba a brotar.
Charlie Munger recomendó a BYD, y tras reunirse con Wang Chuanfu, fundador y director ejecutivo de esta empresa china de automóviles eléctricos, Buffett decidió adquirir una participación del 10 % por un importe de 230 millones de dólares.
Diez años después, esta inversión se ha convertido en uno de los cinco casos con mayor rentabilidad en toda la carrera de Buffett.
Al repasar la historia centenaria de las inversiones, queda claro que quienes han logrado situarse en la vanguardia de las grandes tendencias siempre han contado con una excelente capacidad para identificar y aprovechar las oportunidades ofrecidas por el momento histórico y el desarrollo nacional.
En la década de 1920, Jesse Livermore supo aprovechar el ascenso de Estados Unidos, la prosperidad del sector inmobiliario y la euforia especulativa reinante, y logró obtener enormes beneficios al vender en corto justo en el punto máximo de la burbuja, lo que le valió el apodo de «Rey de la Especulación»;
En la década de 1960, Philip Fisher supo captar la tercera gran revolución tecnológica posterior a la Segunda Guerra Mundial, aprovechando el rápido crecimiento de líderes tecnológicos como Texas Instruments y Motorola, lo que sentó las bases de su reputación como «Padre de las acciones de crecimiento»;
En la década de 1970, la economía estadounidense se vio atrapada en una crisis de transformación; Templeton y Davis redirigieron sus inversiones hacia Japón y Alemania, y su visión internacional se convirtió en la clave decisiva para el éxito.
En la década de 1980, la economía estadounidense se recuperó y las acciones de crecimiento volvieron a ganar protagonismo; Lynch, el maestro de segunda generación de este tipo de valores, destacó claramente.
En la década de 1990, Buffett aprovechó la oportunidad histórica del nuevo auge de la economía estadounidense, montándose sobre acciones ganadoras como Coca-Cola y American Express, alcanzando cotas extraordinarias. Como reza el dicho: «El momento histórico forja a los héroes». Sin la centenaria prosperidad ininterrumpida de Estados Unidos, ¿cómo podrían haber surgido tantos maestros de la inversión?
Sin embargo, a diferencia de otros destacados maestros de la inversión, Buffett no actuó en solitario.
Detrás de él estaba Munger, un analista de primer nivel que le permitió acceder a un panorama mucho más amplio.
Bajo la guía de Munger, Buffett dejó de obsesionarse con las acciones baratas de «cigarro» de sus primeros años y comenzó a invertir también en empresas tecnológicas de crecimiento como Apple y BYD; además, ya no se limitó únicamente a compañías estadounidenses, sino que amplió su mirada globalmente e intentó identificar oportunidades en la emergente China.
En la cartera de inversiones de Buffett se puede percibir la convergencia armoniosa de la filosofía de «margen de seguridad» de Graham, las reglas de inversión en acciones de crecimiento de alta calidad de Fisher, la visión global de inversión de Templeton y Davis, y la conciencia de diversificación de Lynch.
Al igual que cualquier otro sector, los mercados de inversión ofrecen tanto oportunidades como riesgos y zonas ciegas. Las capacidades individuales son, al fin y al cabo, limitadas; por lo tanto, cada vez es más indispensable la colaboración grupal, mediante métodos científicos y profesionales, junto con una división eficiente del trabajo, para hacer frente juntos a las tempestades más violentas.
Esta es precisamente la razón por la cual Livermore, por muy genial que fuera en sus inicios, no pudo evitar caer repetidamente en la bancarrota; mientras que Buffett, en cambio, ha logrado mantener una racha victoriosa durante más de medio siglo.
En 2019, Buffett tenía ya 90 años y Munger, 96.
En entrevistas con los medios, sus mentes seguían lúcidas, sus reflexiones profundas y sus declaraciones revelaban constantemente una sinceridad nacida de una comprensión cabal de los asuntos mundanos y de una firme fidelidad a sus principios originales.
¿Es la experiencia acumulada a lo largo de décadas de inversión la que les ha otorgado esa serenidad imperturbable?
¿O acaso el nivel supremo de la inversión consiste, precisamente, en la síntesis y la integración corporal y mental de las leyes fundamentales que rigen el funcionamiento del universo?
Graham vivió hasta los 83 años; Fisher, hasta los 98; Templeton, hasta los 97; Davis, hasta los 89…
La inversión, en realidad, es un proceso de cultivo personal.
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En 2007, poco antes de la crisis financiera, el sol brillaba con intensidad.
El presidente estadounidense George W. Bush invitó a una persona llamada Ray Dalio a la Casa Blanca para que explicara qué estaba sucediendo exactamente con la crisis de los préstamos hipotecarios.
En aquel momento, la crisis de los préstamos subprime apenas comenzaba a manifestarse y nadie sabía realmente qué estaba ocurriendo.
Dalio afirmó sin rodeos:
«El nivel actual de préstamos y apalancamiento de las instituciones financieras estadounidenses ya se equipara con la crisis crediticia de la República de Weimar en Alemania; su capacidad de pago es frágil y la quiebra masiva del sistema bancario es inevitable.»
Meses después, la crisis financiera se profundizó progresivamente, provocando la quiebra de 400 bancos en todo Estados Unidos, incluyendo instituciones centenarias como Lehman Brothers, Merrill Lynch y Bear Stearns.
Citibank y AIG Insurance, entre otras instituciones financieras, lograron sobrevivir gracias a las inyecciones de liquidez del Banco Central de Estados Unidos (la Reserva Federal).
Las acciones preferidas de Warren Buffett —Wells Fargo, American Express y Moody’s— cayeron un 50 %, sufriendo pérdidas igualmente severas.
Únicamente el fondo Bridgewater Associates, dirigido por Dalio, obtuvo un rendimiento positivo cercano al 9 %, gracias a haber anticipado con antelación la llegada de la crisis e implementado estrategias como la compra masiva de bonos del Tesoro estadounidense y oro, así como la venta en corto del dólar estadounidense.
Tras la crisis, la reputación de Bridgewater Associates creció notablemente, consolidándose gradualmente como el mayor fondo de cobertura del mundo.
Ray Dalio, maestro de la inversión en nuestra era actual, también es considerado el experto más destacado en gestión de riesgos cíclicos.
Entonces, ¿cómo logró Dalio salir indemne de dichos riesgos?
En 1949, Dalio nació en Nueva York, siendo contemporáneo de Peter Lynch.
Comenzó a operar en bolsa durante la escuela secundaria, comprando su primera acción: Northeast Airlines, una compañía aérea, al igual que hizo Lynch.
Posteriormente, el precio de la acción se triplicó, permitiéndole retirar sus ganancias con seguridad.
Luego ingresó a la Escuela de Negocios de Harvard, convirtiéndose nuevamente en compañero de clase de Lynch.
Podría decirse que esta persona extremadamente inteligente tuvo una experiencia vital temprana casi idéntica a la de Lynch.
Sin embargo, en la década de 1980, las trayectorias de ambos se separaron.
Lynch practicó la inversión diversificada y aprovechó las oportunidades ofrecidas por las acciones de crecimiento, demostrando un talento excepcional.
Por su parte, Dalio observó los problemas de deuda en México y supuso que la economía estadounidense también se vería afectada, por lo que apostó a la baja. Sin embargo, su juicio resultó erróneo y estuvo a punto de declararse en bancarrota.
Esta caída fue extremadamente dolorosa para Dalio.
Precisamente debido a ese intenso dolor, comenzó a reflexionar profundamente y se sumergió en el estudio de Historia monetaria de Estados Unidos, desglosando y analizando más de un siglo de crisis económicas, datos sobre apalancamiento y deuda, así como el comportamiento de diversos activos.
Existe una frase muy conocida en el mundo de las inversiones: «No hay nada nuevo bajo el sol».
Cada fluctuación cíclica o cada nueva forma de empaquetar conceptos, por extraña que parezca, tiene su equivalente histórico.
Solo con un dominio exhaustivo de los casos históricos y de las leyes que los rigen se podrá evitar que la agitación del momento nuble la visión, perturbe el juicio y cause desconcierto.
Según describen los medios, la oficina de Dalio está repleta de libros, siendo los más numerosos aquellos relacionados con estudios sobre crisis económicas, incluyendo la Gran Depresión estadounidense de la década de 1930, la «década perdida» japonesa de los años noventa y las crisis de deuda latinoamericanas.
Tras más de una década de investigación intensiva, en 1996 Dalio lanzó su estrategia «All Weather» («Todo Clima»):
En términos sencillos, los mercados financieros experimentan ciclos estacionales, y en distintos entornos climáticos es necesario adoptar estrategias de asignación de activos diferentes.
Durante períodos de crecimiento económico, conviene invertir en acciones, materias primas y activos de economías emergentes.
Durante períodos de recesión económica, conviene invertir en bonos.
Durante períodos de alta inflación, conviene invertir en materias primas y activos de economías emergentes.
Durante períodos de baja inflación, conviene invertir en acciones y bonos.
Al cambiar constantemente la asignación de activos conforme evolucionan los riesgos y las oportunidades, uno puede atravesar el jardín de las mil flores sin que ni una sola hoja se adhiera a su cuerpo.
Desde el punto de vista de la filosofía de inversión, la visión de Ray Dalio es mucho más macroscópica que la de sus predecesores.
Su perspectiva abarca inmediatamente un horizonte de cien años y ya no se centra en las fluctuaciones puntuales de acciones individuales, sino que apuesta por el futuro de países enteros.
En 2018, Bridgewater estableció oficialmente su primer fondo privado en China, trasladando gradualmente sus posiciones desde las acciones estadounidenses, que habían estado en una tendencia alcista durante diez años, hacia los países emergentes en ascenso.
